Ricardo Lagos ha sacado en estos días el documento “Chile 2030: Siete desafíos estratégicos y un imperativo de equidad”, que presenta como una invitación a pensar colectivamente. Es positivo reflexionar como comunidad, qué duda cabe, pero sincerémonos, Lag
os no participa en la discusión, ordena, define, pone marcos. Recordemos su actitud frente a las finalmente inexistentes primarias para la elección presidencial pasada.
Para la centro izquierda, que Lagos diga algo, lo que sea, tiene una carga emocional feroz. No es uno de los invitados a la mesa de la discusión, es quien se sienta a la cabecera. Es el patriarca que hace la carta de navegación, pone las cosas en su lugar, y al
que se escucha con atención. Los más rebeldes, para criticarlo. Otros analizan sesudamente el documento. Otros le encuentran razón. Pero absolutamente todos escuchan. El habla y con ese solo acto, logra revolver el ambiente.
Me atrevo a pensar que así como la democracia no alcanzó mayoría de edad hasta la desaparición de ese otro patriarca, la centroizquierda no podrá realmente renovarse, llegar a la adultez, sin emanciparse de Lagos, que para los hijos de la
familia concertacionista (y los que intentan abandonarla con poco éxito) con su dedo parece omnipresente, temiendo ser apuntados.
Nada de esto es una crítica a Don Ricardo, que se me entienda bien. De hecho, le tengo admiración. Me gusta su oratoria y estampa republicana (tan extrañada en estos días), la política seria, su imagen de estadista. Pero tengo problemas con los patriarcas, en todas sus tipologías.